Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades —Pues en tal caso no tienen mucho. Pero ¿qué más da? No quiero que reces por mÃ. ¿Oyes? No quiero. No necesito que me acarrees desgracias con tus sempiternas genuflexiones. Si aun asà quieres besar el suelo y rezar, hazlo al menos en favor y no en perjuicio de tu marido y de tus hijos. ¡Que otro gallo me cantarÃa si no tuviera una mujer tan desnaturalizada! ¿Por qué me vi en tan terrible apuro la semana pasada? ¿Por qué el dinero que habÃa de ganar se convirtió en amargura y persecuciones? Por tu culpa… solo por tu culpa. ¡Voto al diablo! —prosiguió Cruncher poniéndose los calzones—. Oraciones en casa y fuera de casa otras cosas peores, y mientras tanto soy más desgraciado que el hombre más miserable de Londres. VÃstete, hijo mÃo, y mientras limpio las botas, vigila a tu madre para que no se ponga de rodillas, porque, te lo repito —dijo, volviéndose hacia su mujer—, no toleraré que conspires contra mÃ. Estoy más cansado que un caballo de alquiler y más atontado que una botella de láudano y, de no ser por los dolores que me hacen ver las estrellas cuando cambia el tiempo, no sabrÃa si mis piernas me pertenecen o son de otro, y si no soy más rico… es porque rezas de dÃa y de noche para impedir mi fortuna.