Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades El muchacho, en camisa, participó del enojo de su padre, y volviéndose hacia su madre protestó con energÃa contra los rezos o cualquier otro medio destinado a mermarle la comida.
—¿Qué valor, te pregunto —añadió el marido con una inconsecuencia de la que no se apercibÃa—, qué valor imaginas que pueden tener tus oraciones? Dime… explÃcame el mérito que les atribuyes, mujer presuntuosa.
—Salen del corazón, Jerry, y es el único mérito que tienen.