Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades Una mujer de aspecto pulcro y hacendoso, que estaba arrodillada en un rincón, se levantó rápidamente demostrando que se dirigÃan a ella estas palabras.
—No lo negarás ahora —continuó el marido, saliendo de la cama para buscar una de sus botas.
Después de inaugurar el dÃa con este apóstrofe y de hallar la bota que buscaba, Cruncher la arrojó con mano robusta contra la cabeza de su mujer. A propósito de esta bota, excesivamente sucia, habrÃa que mencionar un detalle especial y extraño de la economÃa doméstica del recadero de Tellsone, y es que, por limpias que estuvieran cuando entraba por la noche en su casa, encontraba a la mañana siguiente las botas cubiertas de lodo o tierra hasta el empeine.
—Dime —continuó el señor Cruncher, sin dar en el blanco—, ¿qué hacÃas en ese rincón?
—Rezaba mis oraciones.
—¡Tus oraciones! ¡Digna y santa esposa! Es decir, ¿que te arrodillas para armar al cielo contra m�
—Rezaba por ti.
—¡Mientes! Por otra parte, no quiero que te tomes esa libertad. —Y añadió, dirigiéndose a su hijo—: Jerry, tienes una madre que le pide al Señor que me vaya mal en todas mis empresas. ¡Oh! ¡Tienes una madre muy buena, muy religiosa… una madre que invoca al cielo para que quite el pan de la boca de sus hijos!