Historia de dos ciudades

Historia de dos ciudades

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El acusado, que ya mentalmente había sido ahorcado, desollado y decapitado por la concurrencia, y que sabía que lo había sido, estaba tranquilo y digno, sin que se advirtiera afectación en su actitud ni en su fisonomía. Seguía con gesto grave y atento la apertura de los debates, y se dominaba lo suficiente para no desarreglar ninguna de las matas de hierba que cubrían la mesita donde apoyaba las manos. Toda la sala estaba cubierta de plantas aromáticas, y se habían hecho aspersiones con vinagre para combatir los efluvios de la cárcel y prevenirse contra los ataques de las pútridas calenturas que tenían su foco en los calabozos. Frente al banco de los reos había un espejo destinado a reflejar la luz sobre la cabeza del acusado. ¡Cuántos miserables se habían sentado allí y su imagen había desaparecido de la tierra al mismo tiempo que del espejo! ¡Qué ejército de espectros se levantaría en aquel sitio abominable si el cristal devolviera todos los rostros que en él se habían reproducido, como un día debe arrojar el océano todos los cadáveres que tragaron sus aguas! No sé si la idea de la deshonra que esperaba a su memoria y tal vez la del suplicio cruzaron por la cabeza del acusado, pero es indudable que Charles Darnay hizo un movimiento, y cambiando de actitud, alzó los ojos para ver de dónde salía la luz que hería su rostro.



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