Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades La sangre se le subió a la cara cuando vio el espejo que tenía delante, y su mano apartó vivamente las hierbas que había en la mesa. Deseando evitarlo, volvió la cabeza hacia el tribunal, a la izquierda, y vio a la altura de sus ojos, cerca de donde se sentaba el juez, a dos personas que llamaron su atención de una manera tan súbita y produciéndole una impresión tan viva que todas las miradas que hasta entonces se centraban en él se dirigieron a ellas.
Vieron entonces a una joven de veinte a veintidós años y a un anciano que indudablemente era su padre, el cual resultaba desde luego llamativo por sus cabellos de una blancura de nieve y por la expresión indescriptible de su rostro, reflejo de un espíritu poco activo, pero de una profundidad y un poder de meditación extraordinarios. Cuando estaba abstraído, lo cual parecía habitual en él, se habría dicho que era viejo, pero, cuando se animaba, como ahora, que hablaba con su hija, era verdaderamente hermoso y parecía no haber pasado la juventud.