Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades La joven, aunque estaba sentada, había cruzado sus manos sobre el brazo de su padre, a quien se acercaba cuanto le era posible por el temor que le inspiraba aquella escena. Era fácil comprender que veía únicamente el peligro del acusado; su rostro pálido expresaba tanta alarma y su compasión era tan visible y tierna que los espectadores, que no se habían compadecido de él, la miraron con interés y piedad y se preguntaron unos a otros en voz baja si conocían a la joven y al anciano.
Jerry, que los contemplaba también, mientras se limpiaba las manchas de óxido de los dedos, alargó el cuello para oír mejor lo que se decía a su alrededor.
«¿Quiénes son?» era la pregunta que se había repetido de boca en boca entre la multitud hasta llegar al oído de un portero del tribunal, y la respuesta de este volvía a los que la habían suscitado, pero con lentitud. Llegó, sin embargo, al sitio que ocupaba Jerry.
—Son testigos.
—¿En pro o en contra?
—En contra.
El juez, que había cedido al impulso general, apartó la mirada de los testigos, se apoyó en los brazos de su sillón y observó con firmeza al hombre cuya vida estaba en sus manos, mientras el fiscal se levantaba para hilar la soga, afilar el hacha y levantar el cadalso.