Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades ¡Silencio! El día anterior Charles Darnay se había declarado inocente de una acusación formulada contra él (con mucho ringorrango) de traición al poderosísimo, celebérrimo, excelentísimo y augustísimo príncipe su majestad el rey de la Gran Bretaña; de haber prestado diferentes veces y por medios fraudulentos su cooperación al rey de Francia en su guerra contra dicho príncipe poderosísimo, celebérrimo, excelentísimo, etc.; de haber hecho múltiples viajes de los Estados de su augusta y poderosa majestad británica a los de dicho rey de Francia con objeto de revelar malvadamente, falsamente, traidoramente (y otras injurias acabadas en «mente») a dicho rey de Francia cuáles eran las fuerzas que nuestro dicho príncipe poderosísimo etc., se disponía a enviar a Canadá y Norteamérica. Después de seguir todos los circunloquios de este extracto del acta de acusación, Jerry, con el pelo cada vez más en punta a medida que la ley multiplicaba los adverbios y los superlativos, descubrió con alegría que iba por fin a empezar el proceso del mencionado Charles Darnay, que todos los individuos del jurado habían prestado juramento y que el fiscal estaba a punto de pronunciar su dictamen.