Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades —Cuando el acusado subió al buque, le llamó la atención la debilidad de mi padre, el cual estaba tan enfermo que no me atrevía a hacerle bajar al camarote por temor de que le faltase el aire. Le había arreglado una cama sobre el puente al lado de la escalera que conducía a los camarotes y me coloqué a su lado. El buque no llevaba más pasajeros que nosotros cuatro. El acusado tuvo la amabilidad de darme sus consejos y de ayudarme a abrigar mejor a mi padre, pues yo no sabía de qué lado soplaría el viento cuando saliéramos del puerto. Se tomó tantas molestias para sernos útil, lo hizo con tanta dulzura y manifestó una compasión tan profunda por el estado angustioso de mi padre que no vacilé en corresponderle con mi gratitud, y de este modo se inició entre nosotros la conversación.
—¿Estaba solo el acusado en el momento de subir al barco?
—No, señor.
—¿Cuántas personas lo acompañaban?
—Dos franceses.
—¿Hablaron de negocios? ¿Duró mucho la conversación?
—Hablaron hasta que los franceses tuvieron que bajar del barco.
—¿Se entregaron listas parecidas a estas?
—Llevaban papeles en la mano, pero no sé lo que había escrito en ellos.