Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades El señor Cruncher había tenido tiempo en el curso de las declaraciones para limpiarse las manchas de óxido de los dedos. Ahora se disponía a oír la defensa del señor Stryver, que combatió el examen del fiscal, dándole la vuelta como una casaca; indicó a los jurados que el patriota Barsad era un espía pagado, un vil calumniador que traficaba con la sangre de los desdichados que denunciaba y uno de los traidores más desvergonzados que habían existido desde Judas, a quien se parecía hasta en la cara, y que el virtuoso Roger Cly era su cómplice desde hacía más de diez años. Mostró cómo estos dos hombres, tan perjuros como falsarios, eligieron al acusado para sacrificarlo a sus infamias, y cómo este, teniendo relaciones de familia que lo obligaban a ir continuamente a Francia, su país natal, había proporcionado pruebas aparentes del crimen que se le imputaba, pruebas que explotaban con malvada destreza los falsos testigos, los cuales, después de haber vivido a sus expensas, estaban ahora interesados en deshacerse de él. Mostró, asimismo, que la declaración arrancada a la señorita Manette, cuya angustia había advertido toda la sala, establecía únicamente que el acusado tuvo con la joven las consideraciones y la galantería de un joven bien educado, que su conversación no fue más que un pasatiempo, si se exceptúan las palabras que salieron de la boca del acusado respecto a la gloria de Washington, tan extravagantes que era imposible ver en ellas más que una monstruosa broma. El defensor añadió que sería una flaqueza indigna del Estado aprovecharse de semejante causa para tratar de hacerse popular, halagando las antipatías y los terrores nacionales más bajos y menos motivados, y que, a pesar de su celo y de la importancia que se había esforzado en dar al asunto, el fiscal no tenía más base ni prueba que los testimonios de dos hombres cuyo carácter infame bastaba para deshonrar y desacreditar ante Europa a los tribunales de la Gran Bretaña. El juez interrumpió entonces al abogado adoptando un aire grave, como si escuchara una falsedad, y dijo que no toleraría semejantes alusiones mientras tuviera el honor de sentarse en el banco que ocupaba.