Historia de dos ciudades

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El señor Stryver, el elocuente defensor, reunió los papeles que tenía delante, cuchicheó con sus colegas mirando de vez en cuando a los jurados. El señor juez se levantó y se paseó por el estrado, perseguido por la idea de que había miasmas pútridos en la atmósfera, idea que atormentaba a varios individuos del tribunal. Únicamente el docto colega del señor Stryver seguía sentado con las manos en los bolsillos, la toga medio caída, la peluca torcida y mirando al techo. Se advertía en él una pereza y una dejadez que disminuían de tal modo su semejanza con el acusado, especialmente la que tenía en el momento en que se compararon las dos caras, que algunos de los asistentes compartieron su sorpresa y no acertaban a explicarse cómo era posible que se diferenciara tanto del acusado teniendo las mismas facciones.

El señor Cruncher hizo esta observación al hombre que tenía al lado, y añadió:

—Apostaría media guinea a que es un abogado de pleitos. Semejante facha no es propia de un hombre de talento.

Sin embargo, el señor Carton se enteraba de los detalles de la escena mejor de lo que creía el señor Cruncher, porque fue el primero en advertir que la cabeza de la señorita Manette se inclinaba sobre el hombro del doctor, y dijo alzando la voz:


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