Historia de dos ciudades

Historia de dos ciudades

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—Ujier, ayudad a ese anciano a llevar a su hija fuera de la sala. ¿No veis que se desmaya?

El doctor y su hija despertaron la más viva simpatía entre los presentes. El señor Manette había sufrido indudablemente mucho cuando le recordaron su pasado, y la nube que de tanto en tanto oscurecía y envejecía su semblante no había dejado desde entonces de velar su rostro. Mientras el padre y la hija se abrían paso entre el público, el presidente del jurado dirigió la palabra al presidente del tribunal:

—Los señores del jurado no pueden ponerse de acuerdo y desean entrar en la sala de deliberaciones.

El juez, que no podía quitarse de la cabeza la idea de la gloria futura de Washington, se sorprendió de que los jurados no pudieran ponerse de acuerdo sobre un hecho tan sencillo, pero accedió a que fueran a deliberar a la estancia inmediata, y aprovechó la circunstancia para salir de la sala.

La noche se acercaba, y mientras encendían los quinqués, circulaba entre la multitud el rumor de que los jurados tardarían aún un largo rato en ponerse de acuerdo. Casi todos los espectadores salieron a tomar un refrigerio, y el acusado fue a sentarse cerca de la puerta que conducía a la cárcel.

El señor Lorry, que había acompañado al doctor y a su hija, volvió a entrar en el salón y llamó al señor Cruncher.


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