Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades —Siento en el alma haber sido la causa de su malestar. ¿TendrÃais la bondad de decÃrselo de mi parte y de manifestarle que le estoy sumamente agradecido?
—Con mucho gusto —respondió el señor Carton con un aire indiferente que rayaba en la insolencia—. Si os empeñáis…
—Me empeño en ello y os doy las gracias.
—¿Qué esperáis del jurado, señor Darnay? —repuso Carton.
—Que me condenará.
—Hacéis bien en no abrigar ilusiones, porque es muy probable que asà suceda, pero el desacuerdo de los jurados me induce a creer que no seréis condenado.
Como estaba prohibido mientras se salÃa de la sala, Jerry no pudo escuchar más, pero dejó a los dos hombres —tan parecidos de cara y tan diferentes en lo moral— uno al lado del otro, reflejándose en el espejo que dominaba el banco de los acusados.
Transcurrió lentamente hora y media hasta que salieron los jurados, y a causa de los pasteles de cordero y de los vasos de vino que les habÃan prestado auxilio, dieron más de un traspié al dirigirse a sus asientos, según advirtieron los espectadores. Jerry, que después de comer y beber a su satisfacción, se habÃa sentado en el banco en posición apta para echar un sueño, se despertó al rumor de un murmullo y fue arrastrado por la corriente que salÃa de la sala.