Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades Únicamente su hija tenía el poder de disipar estas nubes; era el hilo de oro que enlazaba los hermosos días del doctor con la calma que gozaba después de su miseria. La voz, la mirada y las caricias de Lucie ejercían en su padre una poderosa influencia, aunque recordara que en ciertos momentos no lo conseguían; pero estos momentos eran raros y de día en día adquiría mayor certeza de que no se repetirían.
El señor Darnay besó la mano de Lucie con fervor, y después volvió el rostro al señor Stryver para darle las gracias. El abogado contaba apenas treinta y seis años y parecía tener cerca de cincuenta. Era grueso y bajo, tenía la voz chillona, las maneras bruscas, el cabello rubio, el rostro encendido, una falta completa de finura, y cierto modo de imponerse (física y moralmente) en una reunión o una conversación encogiéndose de hombros, indicio de su manera de imponerse en el mundo.
El señor Stryver, que no se había quitado aún la peluca ni la toga, se puso delante de su defendido con tal violencia que empujó inocentemente al señor Lorry y lo excluyó del grupo, donde él se quedó como en terreno conquistado.
—Tengo la gratísima satisfacción de haberos sacado de un mal paso, señor Darnay —dijo con desenvoltura—; era una causa infame e innoble, pero que por la misma razón debía seros más funesta.
