Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades —Hablo especialmente por la señorita Lucie y por el señor Darnay —contestó el señor Lorry—. ¿No creéis, hermosa Lucie, que hasta puedo hablar por todos nosotros? —añadió señalando con la mirada al doctor.
El rostro del anciano, pendiente de Charles Darnay, se habÃa petrificado en una expresión particular que, cada vez más marcada, manifestaba la desconfianza y aversión, por no decir temor.
—Padre mÃo —dijo Lucie apoyando la mano en su brazo. El doctor se deshizo de la sombra siniestra que cubrÃa su rostro, y contempló a su hija.
—¿Nos retiramos?
—Sà —dijo, exhalando un hondo suspiro.
Acababan de apagar los quinqués y de cerrar sonoramente las macizas verjas: el horrible teatro iba a quedar desierto hasta que al amanecer volviese a poblarlo el poderoso interés que despertaban el cadalso, la picota y el látigo. Del brazo de su padre y del señor Darnay, Lucie Manette salió a la calle. Llamaron a un coche de alquiler, y en él partieron padre e hija.