Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades El abogado los había dejado en el corredor para dirigirse al guardarropa. Otra persona, que no se había unido al grupo ni había cambiado una palabra con ninguno de sus miembros, pero que había estado apoyada en la pared en un lugar donde su sombra era más oscura, había salido en silencio y los había observado hasta que el coche arrancó. Ahora se adelantaba hacia el señor Lorry y el señor Darnay.
—¡Vaya, señor Lorry! ¿Pueden hablar ahora los hombres de negocios con el señor Darnay?
Nadie había reparado en el papel del señor Carton en la audiencia de aquel día; nadie lo conocía. Se había quitado la toga y la peluca, pero no por ello había mejorado su aspecto.
—Si hubierais podido ver, señor Darnay, la lucha que se desata en el ánimo de un hombre respetable cuando vacila entre la necesidad de ceder al impulso de un buen corazón y la de conservar las apariencias que imponen los negocios, os habríais divertido mucho.
—Caballero —dijo el señor Lorry ruborizándose y con cierto ardor—, habéis mencionado ya el hecho; pero permitidme que os haga observar que las personas que están al servicio de una casa importante no son nunca dueñas de sus propios sentimientos, y que deben pensar en los intereses que representan mucho más que en sus propios deseos.