Historia de dos ciudades

Historia de dos ciudades

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—¿Por la señorita Manette?

—Cabal. ¡Por la señorita Manette!

Mientras brindaba por Lucie, el señor Carton no apartó la mirada del señor Darnay y, rompiendo el vaso, llamó para que le llevasen otro.

—Es muy linda, y ha de ser muy delicioso conducirla a su coche llevándola de la mano, en la oscuridad —dijo el abogado llenando el vaso que acababan de traerle.

—Sí —dijo Darnay con tono breve.

—Una niña hermosa cuya compasión debe de ser grato suscitar. ¡Qué impresión debe de causar este triunfo! ¿Os parece que es caro pagar con el peligro de ser condenado a muerte la simpatía de una mujer tan encantadora?

Darnay no contestó.

—Se alegró en extremo al escuchar las palabras que me encargasteis que le dijera, no porque lo manifestara, sino porque lo adiviné.

Esta alusión le recordó a Charles Darnay que el descarado Carton le había dado una prueba de generosidad en el momento de su desgracia, y aprovechó la circunstancia para cambiar de tema y darle las gracias por su bondad.

—No merezco vuestra gratitud —respondió Carton—; el encargo era agradable y lo cumplí sin esfuerzo. Permitidme únicamente que os haga una pregunta.


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