Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades Sydney Carton, el hombre perezoso por excelencia, el que menos prometÃa en el foro, era el aliado, el amigo inseparable del señor Stryver, y con lo que bebÃan juntos desde el dÃa de San Hilario hasta el dÃa de San Miguel se habrÃa podido poner a flote un navÃo de tres puentes. El distinguido abogado no trabajaba nunca sin que estuviese presente su amigo Carton con las manos en los bolsillos y los ojos fijos en el suelo o en el techo. RecorrÃan los dos los mismos «circuitos[16]», se entregaban en provincias a las mismas orgÃas que en Londres, y las prolongaban tanto que muchos decÃan haber visto entrar en su casa a Carton al amanecer con paso furtivo y vacilante como un gato que vuelve de sus galantes aventuras. En una palabra, empezaba a cundir el rumor, entre los que se interesaban en el asunto, de que si Carton no era un león, podÃa considerársele cuando menos un chacal[17] al lado del señor Stryver.
—¡Las diez! —gritó el mozo de la fonda al que Carton habÃa encargado que le despertara.
—¿Qué quieres? —preguntó el abogado, entreabriendo los ojos.
—Vengo a deciros que son las diez.
—¿Las diez de la noche?
—SÃ, señor. Me habÃais encargado que os despertara.
—¡Muy bien! ¡Muy bien! Me acuerdo.