Historia de dos ciudades

Historia de dos ciudades

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Después de hacer algunos esfuerzos para volver a dormirse, esfuerzos que el mozo de la fonda combatió con destreza atizando el fuego y haciendo ruido con las tenazas, Carton se levantó, se puso el sombrero y salió.

Se dirigió a Temple Bar, recorrió dos veces la acera del paseo para despejarse y fue a llamar a la puerta del despacho del señor Stryver.

El escribiente del célebre abogado, que nunca asistía a estas conferencias nocturnas, se había retirado a su casa, y el mismo Stryver abrió la puerta a su colega. Llevaba una bata muy ancha y babuchas, se había quitado la corbata y la peluca para estar más cómodo, y sus ojos tenían ese brillo que se observa en todos los buenos bebedores y, a despecho de los artificios del arte, en todos los retratos de los siglos báquicos.

—Te has atrasado, señor Memoria —dijo el abogado.

—Un cuarto de hora —respondió Sydney.

Entraron en un aposento ahumado en el que las paredes desaparecían detrás de montones de libros y el escritorio, bajo legajos inmensos. Humeaba una vasija de hierro al lado de la chimenea, donde ardía un buen fuego, y se veía cerca del escritorio una mesa cargada de botellas de vino, aguardiente y ron, de azúcar y de limones.

—Veo que has apurado tu correspondiente botella, Sydney —dijo el abogado.


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