Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades Tenía que haber un tranquilo velero en semejante fondeadero, y lo sabía. El doctor ocupaba dos plantas de una casa grande y silenciosa, donde se decía que se desempeñaban varios oficios, de los que poco ruido se oía durante el día, y ninguno durante la noche. En un edificio al fondo, accesible a través de un patio donde murmuraba el follaje de un magnífico plátano, se decía que se construían órganos de iglesia y se cincelaban metales, y que batía el oro un gigante misterioso con un brazo dorado que salía de la fachada y parecía amenazar a los transeúntes con convertirlos en su metal precioso. Apenas se veían más que de vez en cuando los hombres que trabajaran en estos oficios; y no eran menos invisibles un solterón que, según se decía, habitaba el último piso, y un tapicero de coches que, si se daba crédito a la opinión pública, tenía su despacho en uno de los locales del entresuelo. Pero, si los habitantes eran silenciosos hasta el punto de hacer dudar de su existencia, los gorriones del plátano y los ecos del barrio, que parecían tener su centro en la vivienda del doctor, cantaban y resonaban libremente desde el domingo por la mañana hasta el sábado por la noche.