Historia de dos ciudades

Historia de dos ciudades

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Cruzó los tres aposentos que formaban en el primer piso la vivienda del doctor, cuyas puertas estaban abiertas para que el aire circulase libremente, y se paró primero en un coqueto salón donde estaban los pájaros, las flores, los libros, la mesa de labor y la caja de colores de Lucie. Después pasó al gabinete de consultas, que servía al mismo tiempo de comedor, y se encontró por fin en una habitación que daba al patio, lleno de sombras movedizas proyectadas por las hojas agitadas del plátano. Allí dormía el doctor, y se veían en un rincón el viejo banquillo y la cesta con los instrumentos de zapatero que tenía en la buhardilla del arrabal de Saint Antoine.

—Me admira —dijo el señor Lorry mirando los instrumentos— que el doctor haya conservado ese triste recuerdo de sus años de dolor.

—¿Y por qué os ha de admirar? —preguntó bruscamente una voz que le hizo estremecer.

Hacía esta pregunta la señorita Pross, la mujer hercúlea de cabellos rojos y manos robustas que había conocido el señor Lorry en la Fonda del Rey Jorge y que desde entonces era su amiga íntima.

—Yo habría dicho que…

—No digáis nada —dijo la señorita Pross, interrumpiéndolo—. ¿Estáis sin novedad? —añadió inmediatamente, indicando que deseaba cambiar de tema.


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