Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades —Estoy bien y os doy las gracias por vuestra atención —respondió el señor Lorry con dulzura—. Y vos, señorita Pross, ¿estáis bien?
—No como quisiera.
—¿Qué tenéis?
—¿Cómo queréis que esté bien si mi niña me pone continuamente fuera de quicio?
—¿Qué decÃs?
—¡Ah! Por favor, no hablemos de eso, o me dará un ataque de nervios.
—No os quiero tan mal, señorita Pross.
—Lo creo, lo creo —repuso la anciana aya de Lucie—. Os decÃa, pues, que estoy fuera de quicio.
—¿Puedo preguntaros la causa?
—Es fácil de explicar; me impacienta, me desespera que personas indignas de mi niña tengan la imprudencia de venir aquà a docenas para verla desde la calle.
—¿Vienen aquà a docenas a ver a la señorita Lucie?
—¡A centenares! —añadió la señorita Pross.
Uno de los rasgos caracterÃsticos de aquella buena mujer (asà como de muchas personas de su sexo y del nuestro) consistÃa en abultar la proporción que acababa de enunciar si alguien la ponÃa en duda.
—¡Cielos! —exclamó el señor Lorry.