Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades —Nada podemos hacer para remediarlo —dijo la señorita Pross, moviendo la cabeza con expresión sombrÃa—. Cada vez que se toca el tema, el doctor se transforma de una manera terrible, y creo que lo mejor es no hablar de él. Por otra parte, estoy segura de que no contestarÃa si se le hiciesen preguntas que pudiesen despertar sus recuerdos. Algunas noches se levanta de pronto y se pasea por su cuarto horas y horas; nosotras lo oÃmos, porque dormimos debajo y sus pisadas resuenan en nuestra cabeza. Mi hermosa Lucie me dice que en esos momentos su imaginación vive en el pasado y que cree estar paseando en su calabozo, como en otro tiempo. La señorita sube entonces a su cuarto y los dos andan… andan… andan de un extremo a otro hasta que la presencia de su hija le hace volver en sÃ, y detiene sus pasos no solo con sangre frÃa, sino con todo el juicio que manifiesta cuando está despierto. Sin embargo, oculta a Lucie el motivo de su agitación, y mi hermosa niña ha llegado a la conclusión de que es preferible no despertar ese recuerdo.
La manera en que la señorita Pross, al repetir las palabras «andan… andan… andan de un extremo a otro», habÃa expresado la penosa monotonÃa de una idea dominante, demostraba, aunque ella insistÃa en admitir que su comprensión era muy limitada, que no le faltaba, en algunos casos, imaginación.