Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades La inmovilidad que siguió de pronto a la penosa marcha del coche aumentó el silencio y la calma fúnebre de la noche, y el aliento entrecortado de los caballos contagiaba al carruaje una especie de estremecimiento, y tal vez el corazón de los tres compañeros de viaje latía con suficiente fuerza para poder contar sus latidos. En todo caso era el silencio de unos individuos fatigados que no se atreven a respirar y cuyos latidos precipitaban el temor y la incertidumbre.
Un caballo subía la cuesta a escape y se acercaba por momentos al carruaje.
—¡Alto! —gritó el guarda con toda la fuerza de sus pulmones—. ¡Alto, o hago fuego!
Fue inmediatamente obedecido y del fondo de la niebla se oyó una voz ronca que gritaba:
—¿Es el coche correo de Dover?
—¿Y a vos qué se os da? —replicó el guarda.
—¿Es el coche correo de Dover?
—¿Por qué lo preguntáis?
—Necesito hablar con un viajero.
—¿Cómo se llama ese viajero?
—Señor Jarvis Lorry.
El individuo que estaba con el pie en el estribo del coche hizo un movimiento, y pareció decir que era él aquel viajero, pero el conductor, el guarda y los otros dos lo miraron con desconfianza.