Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades Los pasos eran por momentos más numerosos y precipitados y, al repetirlos, el eco despertaba otros ecos. Resonaban intensamente por todas partes; se oÃa a la multitud correr bajo las ventanas, agruparse en la sala, ir y venir, detenerse, correr a lo lejos y desembocar en las calles vecinas, y, sin embargo, no se veÃa a nadie.
—¿Todos esos pasos acudirán a nosotros en masa o se dividirÃan para seguirnos por separado, señorita?
—Lo ignoro, señor Darnay; es un pensamiento fantástico que no merece discutirse. Cuando se me ocurrió estaba sola, y me imaginé, como os decÃa antes, que eran los pasos de individuos que algún dÃa habrÃan de entrar en mi vida y en la de mi padre.
—Que vengan todos a encontrarme —dijo Carton—; no impongo restricciones; no reclamo, no estipulo nada. Es verdad que una gran muchedumbre se agita y se dirige hacia todos nosotros, señorita; la veo a la luz de los relámpagos.
Un vivo resplandor iluminó la sala al pronunciar Carton estas palabras y este tendió hacia él la mano con indolencia sin apartarse de la ventana.
—Ya la oigo —prosiguió, después de un formidable trueno—; viene rápida y furiosa.