Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades Hacía alusión a la tormenta y a los nubarrones que huían por el negro firmamento. La lluvia que cayó de súbito ahogó su voz y todos guardaron silencio. Jamás habían visto tan espantosa tempestad. No hubo un momento de descanso entre los truenos que se cruzaban en la oscuridad y bramaban en medio de los relámpagos y de la lluvia torrencial, hasta que, a medianoche, asomó la luna.
La campana mayor de San Pablo acababa de dar la una en el aire tranquilo y puro cuando el señor Lorry, escoltado por Jerry, que llevaba un farol, se disponía a volver a su casa. Para trasladarse de Soho Square a Clerkenwell hacía falta cruzar ciertos parajes solitarios, y el socio de Tellsone, que pensaba sin cesar en los ladrones, no olvidaba nunca hacerse acompañar por Jerry y su farol, aunque por lo regular salía de casa del doctor antes de las once.
—¡Qué tiempo, Jerry, qué tiempo! —dijo—. Un tiempo capaz de levantar a los muertos del sepulcro.
—Cosa igual no he visto en mi vida —respondió Jerry—, y espero que nunca vea resucitar a nadie.
—¡Buenas noches, señor Carton! —dijo el señor Lorry—. ¡Buenas noches, señor Darnay! ¡Qué tormenta! ¿Habrá otra igual y la veremos juntos?
Quién sabe. Tal vez vean algún día arrojarse sobre ellos a la multitud, rugiente e imparable.