Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades El lujo era el atractivo supremo, el talismán infalible que la sociedad de entonces empleaba para conservar su existencia, y todos parecían vestirse como para un baile de disfraces que, según la opinión común, no debía terminar jamás. Desde el palacio de las Tullerías a Monseigneur y a la corte, a los nobles, los magistrados y la clase media, todo el mundo cooperaba en esta preciosa mascarada, y hasta el verdugo, para contribuir al efecto teatral, vestía un riquísimo uniforme «con cabellos rizados y empolvados, casaca con galones de oro, escarpines y medias de seda blanca». Con este traje ahorcaba y descuartizaba a los criminales, y muy raras veces empleaba el hacha. ¿Quién habría podido poner en duda, entre los señores que se encontraban en los salones de Monseigneur en el año de gracia de 1780, que no habría de sobrevivir a las estrellas un sistema apoyado en un verdugo rizado, empolvado, que vestía una casaca con galones de oro y llevaba escarpines y medias de seda?