Historia de dos ciudades

Historia de dos ciudades

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Cuando Monseigneur exoneró de su pesado trabajo a los cuatro hombres y acabó de tomar el chocolate, dio orden de que abriesen las puertas de par en par y salió de su santuario. ¡Qué servilismo! ¡Qué abyección! Concediendo aquí un ademán, allá una inclinación de cabeza y acullá una sonrisa, y a veces una palabra a los más favorecidos, Monseigneur pasó con aire afable de salón en salón hasta llegar a las remotas regiones donde se hallaban los partidarios de la circunferencia verídica. Luego volvió atrás, entró otra vez en su santuario y desapareció entre la multitud. Terminada la recepción, el soplo embalsamado que revoloteaba en los salones se transformó en un pequeño huracán y los preciosos colgantes resonaron hasta en los últimos escalones del palacio.

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Muy pronto no quedó más que un individuo que, con el sombrero debajo del brazo y la caja de oro en la mano, cruzaba lentamente los salones desiertos. Cuando llegó a la puerta de la antesala, se volvió hacia el santuario del ministro, y, con tono glacial mezclado de amargura, mientras se sacudía el tabaco que le quedaba en los dedos, como se sacude el polvo de los pies cuando uno se aleja de un sitio al que no quiere volver más, dijo:

—¡Maldito seas!


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