Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades Aunque por lo general en aquella ciudad sorda la masa del pueblo era muda, muchos se quejaban a veces hasta en voz alta de la rapidez con que los nobles cruzaban las calles angostas, donde los coches maltrataban a los villanos de la manera más cruel; pero, al cabo de un momento, los autores de estas desgracias las habÃan olvidado, y los villanos se arreglaban como podÃan.
El carruaje volaba con estruendo en medio de calles sin aceras, ahuyentando a mujeres despavoridas y a hombres que en su fuga cogÃan a los niños en brazos para que no los pisaran los caballos. De pronto, al desembocar en una calle muy frecuentada, con una fuente en una esquina, una de las ruedas del carruaje tropezó con un objeto, salió un grito de la boca de los transeúntes, y los caballos retrocedieron encabritándose. De no haber sido por esta circunstancia es probable que el coche hubiera continuado su camino. Acostumbraban los nobles a dejar tras de sà a sus vÃctimas, pero en aquella ocasión uno de los lacayos habÃa saltado a la calle impelido por el terror, y veinte puños robustos se apoderaron de las riendas.
—¿Qué sucede? —preguntó el señor asomándose a la portezuela.
Un hombre de elevada estatura habÃa sacado de entre los pies de los caballos un montón de harapos ensangrentados y, colocándolos sobre el pilón de la fuente, los acariciaba aullando como un animal silvestre.