Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades —Perdonad, señor marqués —dijo con humildad un hombre andrajoso—, es un niño…
—¿Por qué grita tanto ese miserable? ¿Es suyo el niño?
—SÃ, señor marqués; perdonadle porque da lástima.
La calle formaba en aquel paraje una plazuela de unos doce metros de anchura, y la fuente, en la esquina opuesta al carruaje, se encontraba a cierta distancia. De pronto se levantó el hombre alto del cieno donde estaba arrodillado y corrió hacia el carruaje con un gesto tan amenazador que el señor marqués echó mano a la empuñadura de la espada.
—¡Está muerto! —exclamó el desventurado padre con desesperación y levantando los brazos al cielo.
La multitud rodeó el carruaje y dirigió al noble una mirada ansiosa, pero sus ojos no expresaban amenaza ni cólera. Después de exhalar un grito de terror guardaron silencio, y únicamente se oÃa la voz humilde y sumisa del hombre andrajoso. El señor marqués los miraba con frialdad y desdén, como si fueran ratones salidos del arroyo, y dijo sacando el bolsillo:
—No sé cómo tenéis tan poco cuidado de vuestros hijos y de vosotros mismos: se os encuentra siempre debajo de las ruedas de los coches o entre los pies de los caballos, y recelo que uno de los mÃos está herido. Toma, dale esto.