Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades El señor marqués volvió a arrellanarse en el coche sin mirar por segunda vez a la gente congregada, y se alejaba ya con la actitud de quien por casualidad ha roto un objeto cuyo valor ha pagado, cuando turbó su quietud una moneda de oro arrojada con tal destreza que rodó por la alfombra del carruaje.
—¡Para! —gritó—. ¡Para!
El señor marqués volvió la mirada hacia el sitio donde acababa de hablar con el tabernero, pero únicamente vio al pobre Gaspar que se arrastraba por el suelo sollozando, y junto a este desgraciado la alta estatura y el rostro sombrío de una mujer que estaba haciendo punto.
—¡Miserables! —dijo tranquilamente—; aplastaría con gusto hasta el último vástago de esa raza malvada para que desapareciese de la tierra. Si supiera quién es el canalla que ha arrojado esto en el coche, tendría un gran placer en molerlo debajo de las ruedas.