Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades Su carácter era tan abyecto y estaban todos tan convencidos de que aquel hombre ejecutarÃa sus amenazas apartándose de la legalidad y hasta sin apartarse, que ni una sola mirada se levantó para contestar a palabras tan insultantes, a excepción de la mujer que hacÃa punto, cuyos ojos no se despegaban del rostro del noble. La dignidad del marqués lo obligaba a fingir que no habÃa reparado en esta actitud provocadora, y lanzando sobre ella como sobre todos los demás una mirada de desprecio, volvió a arrellanarse en el carruaje ordenando al cochero que continuase su camino.