Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades Una vez desapareció, numerosos coches se sucedieron con rapidez en la misma dirección. El ministro, el asentista, el doctor, el abogado, la Ópera, la Comedia, todas las máscaras del baile pasaban por allí como brillantes meteoros. Los ratones se habían quedado en la calle para contemplar el elegante torbellino. Los soldados y los agentes de policía se interponían por turnos entre los vehículos y la multitud, pero esta había abierto algunos huecos en el cortejo y no se perdía ningún detalle de la mascarada. Hacía mucho rato que el desgraciado padre había partido con su bulto, y las mujeres que habían tratado de reanimarlo continuaban mirando cómo manaba la fuente y giraban las máscaras, mientras la mujer que hacía punto movía las agujas de acero con la impasibilidad del destino. El agua de la fuente iba al arroyo, el arroyo corría hacia el río; el día, hacia la noche, y muchas de las vidas de la ciudad, hacia la muerte, según es regla; el tiempo y las aguas no esperaban a los hombres; las ratas dormían amontonadas en sus oscuros agujeros, y las máscaras del baile cenaban inundadas de luz. Las cosas seguían su curso.