Historia de dos ciudades

Historia de dos ciudades

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En efecto, mientras la carroza bajaba por la pendiente opuesta en medio de una nube de polvo, el fulgor rojizo se extinguió de pronto y, como el sol y el señor marqués bajaban a un tiempo, una vez quitados de en medio los obstáculos, desapareció todo el resplandor.

Desde aquel punto se veía una campiña desnuda y fría con una pequeña aldea, una iglesia y un molino; en el extremo de la llanura se extendía un inmenso bosque de caza; junto a ella se alzaba un enorme peñasco y, sobre este peñasco un castillo que desde hacía muchos años servía de cárcel.

La aldea tenía una pobre calle, una pobre fábrica de cerveza, una pobre curtiduría, una pobre taberna, un pobre establo donde se albergaban los caballos de posta, una pobre fuente y pobres habitantes. Algunas mujeres acurrucadas en los portales de sus casuchas pelaban cebollas para la cena de la familia, mientras las otras lavaban en la fuente algunas hojas de col de ensalada o de hierbas silvestres. La causa de su miseria se revelaba por sí sola; debían pagarse contribuciones al Estado, diezmos a la Iglesia, tributos al señor, impuestos particulares y generales según los bandos fijados en todos los sitios públicos, y era de admirar que el mismo villorrio no desapareciese con la sustancia de toda su población.


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