Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades Se veÃan pocos niños y ni un solo perro. En cuanto a las personas adultas, tenÃan que elegir entre estas dos perspectivas: el hambre en las casuchas que se desmoronaban en la falda de la colina, o el cautiverio y la muerte en la cárcel que dominaba la llanura.
El noble viajero, precedido de un correo que vestÃa una lujosa librea, y anunciado por el chasquido del látigo que se retorcÃa sobre la cabeza de los postillones, como si lo empujaran las vengativas furias, se paró delante del mesón donde aguardaban los caballos de posta. Este estaba al lado de la fuente y los aldeanos se reunieron para contemplarlo. Volvió los ojos hacia el grupo de campesinos, y vio sin reconocerla la obra lenta y segura del hambre que hizo proverbial el aspecto chupado de los franceses en Inglaterra, donde se ha perpetuado como una superstición verdadera durante más de medio siglo.
El señor marqués miraba con indiferencia a los infelices que se inclinaban ante él, asà como sus iguales se habÃan inclinado ante Monseigneur, con la única diferencia de que los primeros bajaban la cabeza por humildad y los segundos por ambición. En esos momentos se acercaba a la fuente un hombre canoso cuyo cargo consistÃa en cuidar de los caminos.
—Llama a ese hombre —dijo el señor marqués a su correo.