Historia de dos ciudades

Historia de dos ciudades

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El caminero se acercó al carruaje con el gorro en la mano, y seguido por todos los demás, que tenían ganas de ver y oír lo que iba a suceder.

—¿No estabas hace un rato en el camino? —le preguntó el señor marqués.

—Sí, señor.

—¿Qué mirabas con tanta atención?

—Señor, miraba a aquel hombre.

Y se agachó al dar esta contestación para señalar con su gorro azul la parte inferior del carruaje. Sus compañeros se agacharon como él para mirar debajo del vehículo.

—¿Qué dices, majadero? ¿Qué ves debajo del coche?

—Es que debéis saber, señor, que estaba colgado de esa cadena.

—¿Qué estaba colgado?

—Señor, aquel hombre.

—¡Maldito seas! ¿Quién estaba colgado?

—Perdonad, señor; no es del pueblo y no sé cómo se llama. No lo había visto nunca.

—¿Colgado de la cadena? ¿Y no se ha asfixiado?

—Perdonad, señor; eso es lo que me admira, porque le colgaba la cabeza… así.

El caminero se apoyó en el coche con los pies delante y la cabeza inclinada sobre el pecho, y después se levantó e hizo un saludo retorciendo el gorro azul.


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