Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades En lo más escarpado del cerro se hallaba emplazado un humilde cementerio con una cruz y en ella una imagen de Jesucristo de madera pintada y de tamaño natural; era obra de un cincel poco experto, y seguramente el escultor habÃa tomado el modelo de su propia persona, porque el divino crucificado estaba horriblemente flaco. Al pie de este doloroso emblema de un gran dolor que llevaba mucho tiempo sin remitir, y que aún no habÃa llegado a lo peor, estaba arrodillada una mujer que volvió la cabeza cuando pasó junto a ella el carruaje, y levantándose rápidamente corrió hacia la portezuela.
—¡Sois vos, señor! ¡Por favor, os lo ruego! —dijo con voz suplicante.
El señor marqués se asomó con impaciencia, pero sin cambiar de expresión.
—¡Siempre ruegos! —dijo—. ¿Qué pedÃs?
—¡Señor, por amor de Dios!… Es por mi pobre marido…
—¿Qué pide vuestro pobre marido? Siempre lo mismo; ¿no ha pagado lo que debe?
—Por el contrario, señor, lo ha pagado todo… porque ha muerto.
—Mejor; ahora descansa. ¿Puedo acaso resucitarlo?
—¡Ah! No, señor; está allÃ, debajo de un montón de hierba.
—¿Y qué?