Historia de dos ciudades

Historia de dos ciudades

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—Señor, son tantos los montones de hierba…

—¿Y qué queréis que haga yo?

La mujer era joven y, sin embargo, estaba ajada y surcada de arrugas como una anciana. En su intenso dolor, cruzaba sus manos descarnadas o las apoyaba en la portezuela del coche como si este tuviera algo de humano y pudiera ser sensible a sus caricias.

—¡Señor… escuchadme… escuchad mi petición!… Mi marido ha muerto de miseria como tantos otros… ¡Muere tanta gente de miseria! ¡Y tantos más van a morir!

—¿Puedo acaso mantenerlos?

—Dios lo sabrá, señor; pero no es eso lo que os pido, sino una cruz de madera con el nombre de mi pobre marido para ponerla sobre su fosa y saber dónde está. Si no pongo esa cruz, pronto quedará olvidado el sitio donde descansa y no le encontrarán cuando me muera, que no tardaré mucho, porque el hambre no perdona. Me enterrarían, señor, debajo de otro montón de hierba… ¡Son tantos… son tantos los muertos y es tan grande la miseria! ¡Por piedad, señor… concededme lo que os pido!

El lacayo la apartó de la portezuela; el carruaje, espoleado por los postillones, se alejó rápidamente, y el noble personaje, conducido nuevamente por las furias, vio acortarse de minuto en minuto la distancia que le separaba de su castillo.


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