Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades El imbécil estaba debajo del carruaje con una docena de amigos íntimos y les enseñaba la cadena de la que pendía el espectro. Otros amigos no menos íntimos lo llamaron inmediatamente y lo llevaron a la presencia del señor marqués.
—Dime, muchacho, ¿huyó aquel hombre antes de llegar al pueblo?
—Al llegar a la bajada se soltó de la cadena y entró en el bosque como quien se arroja al agua.
—No lo pierdas de vista, Gabelle. ¡Arrea, postillón!
La media docena de amigos que miraban la cadena de la cual se había suspendido el espectro continuaban entre las ruedas como carneros, y el coche partió tan bruscamente que fueron muy afortunados de salvar el pellejo; tenían poco más que salvar: si no, no habrían sido tan afortunados.
Cuando, después de cruzar el valle, hubo que subir la pendiente de la falda opuesta, el carruaje siguió una marcha más lenta, y el señor marqués trepó la última colina que había en su camino al paso de los flacos jamelgos que le había entregado el señor Gabelle. Los postillones, coronados por un círculo de mosquitos que habían ocupado el lugar de las furias, arreglaban tranquilamente el extremo de sus látigos, mientras el zagal marchaba al lado de los caballos, y se oía a lo lejos el trote del correo.