Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades El tÃo protestó por la desconfianza de su sobrino con un gesto muy generoso, pero era tan evidente que esta protesta no pasaba de ser una mera fórmula de cortesÃa que no tranquilizó al joven, el cual añadió:
—Sin embargo, según me han asegurado, parece que habéis contribuido a hacer aún más sospechosas las circunstancias en que me hallaba.
—Os han engañado —dijo el señor marqués con el tono más amable.
—Lo creo —respondió el sobrino mirando a su tÃo con profunda desconfianza—, pero sé que vuestros diplomáticos arreglos me detendrÃan a la menor ocasión, y que nunca habéis sido muy escrupuloso en la elección de los medios.
—Os lo dije, amigo mÃo, hace mucho tiempo —replicó el señor marqués, con las mejillas encendidas, no de rubor, sino de ira—; hacedme el favor de recordarlo, querido sobrino.
—No lo he olvidado.
—Gracias.
La voz del señor marqués dejaba en el aire una vibración prolongada como la de un instrumento armónico.
—Creo, en efecto —continuó el joven—, que debo a mi buena estrella, y más aún a vuestra mala fortuna, no hallarme hoy encerrado en alguna cárcel francesa.