Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades El señor marqués tomó un polvo con suprema elegancia al terminar estas palabras, y movió la cabeza con aire inquieto, sin desesperar, sin embargo, de la regeneración del paÃs que tenÃa la ventaja de contar con él.
—En tiempos antiguos, y también en los modernos, hemos afirmado con tanta convicción nuestro rango —dijo el sobrino con voz sorda— que creo que no hay en Francia un nombre más detestado que el nuestro.
—No lo dudo —respondió el tÃo—; el odio que inspira la nobleza es un homenaje involuntario por parte del pueblo.
—No hay en todo el paÃs —prosiguió el joven con el mismo tono— un solo rostro que no me mire con otro respeto que el oscuro respeto del miedo y el sometimiento de un esclavo.
—Eso es un cumplido para la familia, un elogio merecido por su manera de conservar la grandeza.
El señor marqués aspiró nuevamente otro polvo y cruzó las piernas, pero, cuando el joven, con el codo apoyado en la mesa, se llevó la mano a la cara y se tapó los ojos, la mirada astuta y cruel de su tÃo se clavó en él con una fuerza de penetración y de odio que desmentÃa toda su pose de indiferencia.