Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades —La represión —dijo— es la única filosofÃa real y permanente. El oscuro respeto del miedo y de la esclavitud, amigo mÃo, seguirá haciendo que los perros obedezcan al látigo, mientras estos techos nos tapen la vista del cielo.
Este plazo podÃa ser más breve de lo que el señor marqués imaginaba. Si le hubieran dejado ver lo que iba a ser su castillo al cabo de algunos años, y lo que iban a ser cincuenta como el suyo en el mismo espacio de tiempo, difÃcilmente lo habrÃa reconocido entre un montón de tristes ruinas, carbonizadas y saqueadas. Y, en cuanto al techo del que alardeaba, tal vez tendrÃa que considerar esa manera de tapar el cielo desde otro punto de vista… del de los ojos, por ejemplo, de los cadáveres acribillados por el plomo que dispararÃan los cañones de cien mil mosquetes.
—Mientras tanto —continuó el señor marqués—, cuidaré de la tranquilidad y el honor de la familia que a vos tan poco os interesan. Pero supongo que estaréis cansado, y temo aumentar vuestro cansancio prolongando esta conversación.
—Dignaos concederme algunos minutos más.
—Aunque sea una hora.
—Hemos hecho mal —repuso el sobrino— y sufriremos las consecuencias.