Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades —¡Hemos hecho mal! —repitió el señor marqués con una sonrisa, señalándose a sà mismo después de señalar a su sobrino.
—Hablo de nuestra familia, cuyo honor nos interesa a ambos aunque de una manera muy distinta. Hasta en vida de mi padre cometimos todos los agravios imaginables insultando y aniquilando a cuantos eran un obstáculo para nuestros placeres. ¿Qué necesidad tengo de recordarlo? Esa fue nuestra vida. ¿No erais el hermano menor de mi padre, el coheredero de los tÃtulos y bienes de la familia, el que se aprovechó de su sucesión?
—Asà lo ha querido la muerte —dijo el señor marqués.
—¿Y quién me ha dejado desarmado ante un sistema odioso, al cual estoy vinculado por una fatalidad, del que no soy responsable, y contra el que nada puedo? ¿Quién me ha dejado haciendo esfuerzos para ejecutar la última voluntad de mi madre y para obedecer su última mirada, con la que me suplicaba que tuviese compasión e hiciese justicia? ¡Oh! ¡Qué tormento tan horrible es no tener poder y no encontrar en parte alguna el auxilio que reclamo!
—Si me lo pedÃs a mÃ, estad seguro de que no lo conseguiréis, querido sobrino.