Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades El señor marqués, que estaba entonces de pie cerca de la chimenea, miró al joven con expresión frÃa y pérfida bajo la calma aparente de su rostro pálido, y, tocando con el Ãndice el pecho del sobrino, como si el extremo de su dedo fino y blanco fuera la punta de una espada, añadió:
—Amigo mÃo, moriré perpetuando el sistema en el que he vivido. —Subrayó estas palabras aspirando una última ración de rapé y se metió la caja de oro en el bolsillo—. HarÃais mejor en ser una criatura racional y aceptar el destino que habéis recibido del cielo —continuó, tirando del cordón de la campanilla—; pero veo que estáis perdido sin remedio.
—He perdido mi herencia y he perdido a Francia —murmuró el joven con tristeza—, pero he renunciado a las dos.
—¿Y podéis hacerlo, Charles? No dudo de que renunciéis a Francia, pero no podéis renunciar aún a vuestra herencia.
—Lo sé, señor; únicamente quise decir que mañana pasará de vos a mÃ…
—Tengo la vanidad de creer que ese mañana está aún muy lejos.
—Supongamos que falten veinte años.
—Me hacéis mucho honor —dijo el señor marqués—; aun asÃ, prefiero esa suposición.