Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades —No estoy seguro, querido sobrino, de que debáis felicitaros por eso —respondió el tÃo con la mayor finura—. Las ventajas de la soledad y la ocasión que hubierais tenido de reflexionar despacio habrÃan podido influir en vuestro porvenir de una manera más favorable de lo que imagináis. Pero es inútil discutir sobre este punto, pues, como vos decÃs, estoy mal visto en la corte. Esas pequeñas medidas de corrección, esas amables contribuciones al honor y al poder de las familias, esos ligeros favores que tanto podrÃan incomodaros, no se conceden hoy más que por interés o por una engorrosa insistencia. ¡Tantos los piden y tan pocos, relativamente, los consiguen! No era asà en otro tiempo; pero todo ha cambiado en Francia. Nuestros antepasados tenÃan derecho de vida y muerte sobre sus vasallos. ¡Cuántos villanos han salido de este castillo para ser ahorcados! Sabéis muy bien que en la habitación de al lado, donde duermo, uno de esos rústicos fue traspasado a puñaladas por la insolente delicadeza de que hacÃa alarde en favor de su hija. ¡Su hija! Perdemos de dÃa en dÃa nuestros privilegios. Una nueva filosofÃa está de moda, y la pura afirmación de nuestro rango puede crearnos verdaderas inconveniencias. ¡Esto va mal!… ¡Muy mal!