Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades En este asunto, su herencia natural e inalienable, el mensajero tenÃa exactamente las mismas prerrogativas que el rey, que el primer ministro o que el más rico comerciante de la capital. También cada uno de los tres viajeros encerrados en el coche correo de Dover era para los otros dos un misterio tan completo como si entre ellos se extendiera el territorio de todo un condado.
El bueno de Jerry trotaba entretanto camino de Londres, parándose en casi todas las tabernas, pero sentándose en un rincón sin pronunciar palabra y calándose el sombrero hasta los ojos, los cuales, por otra parte, estaban en completa armonÃa con estas medidas de prudencia. En efecto, sus ojos, negros en la superficie pero sin profundidad alguna, se acercaban uno a otro como si temieran que separándose cada cual por su lado fueran a verse sorprendidos en alguna actividad culpable; y las ojeadas que lanzaban por debajo de las alas de un sombrero de tres picos que era como un candil de garabato, y por encima de la inmensa manta que cubrÃa el cuerpo del emisario desde las narices hasta las rodillas, tenÃan una expresión siniestra. Cuando querÃa beber, Jerry se descubrÃa la boca con la mano izquierda, arrojaba en ella el licor con la mano derecha, y volvÃa a taparse apenas terminada la operación.