Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades «No, Jerry, no —decĂa para sĂ mientras trotaba por la carretera rumiando la respuesta que llevaba a aquellos señores—, nada tiene que ver contigo tan diabĂłlico negocio. ¡“Resucitado”! Por vida mĂa, casi dirĂa, ¡Dios me perdone!, que el buen señor estaba bebido.»
Esta respuesta le sumĂa en tanta incertidumbre que repetidas veces se quitĂł el sombrero para rascarse la cabeza. A excepciĂłn de en la parte superior del cráneo, calva y rasa como la palma de la mano, el mensajero tenĂa cabellos negros y recios como los de un cepillo, repartidos con desigualdad y dispersos en todas direcciones desde la base del occipucio hasta cerca de la raĂz de sus narices anchas y chatas. Su erizada cabellera, que era como la obra de un herrero, remedaba con tal exactitud las pĂşas que defienden el extremo de algunos muros, que los más hábiles saltarines no habrĂan aceptado a Jerry para jugar al pĂdola, pues lo habrĂan considerado el más peligroso de los hombres…
Mientras regresaba con la respuesta que debĂa dar al portero de noche en su garita a la puerta de la Banca Tellsone, las sombras de la noche formaron a sus ojos, al llegar a Temple Bar, extraños contornos, suscitados por el mensaje que habĂa recibido; y a los de su caballo ciertas formas que nacĂan de sus temores y alarmas, muy abundantes a juzgar por los desvĂos que hacĂa para alejarse de los fantasmas que veĂa en el camino.