Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades Al mismo tiempo, el coche correo de Dover rodaba lentamente, rechinaba, chillaba, saltaba y agitaba con su traqueteo a los tres individuos misteriosos que llevaba en su interior. Es probable que las sombras de la noche se revelaran a estos señores, como al emisario y a su caballo, bajo la forma que les sugerían sus recelos y sus párpados hinchados por el sueño.
Entre las sombras que se cernían sobre el coche estaba la Banca Tellsone. El señor Lorry, con un brazo sujeto a la correa que le impedía caerse sobre su vecino, y le retenía en su puesto cuando el carruaje daba un salto demasiado brusco, se inclinaba hacia delante y balanceaba la cabeza con los ojos medio cerrados. Los faroles que centelleaban pálidamente a través de los cristales empañados y el cuerpo del viajero que estaba sentado enfrente de él se transformaron poco a poco en una casa de banca e hicieron un número prodigioso de transacciones. Las campanillas de los caballos se convirtieron en el ruido metálico de las monedas, y en menos de cinco minutos se pagaron más letras de cambio de las que la Banca Tellsone, a pesar de sus inmensas relaciones, pagaba en todo un día. Se abrieron después ante los ojos del señor Lorry los subterráneos del banco, llenos de valores y secretos importantes, que él conocía muy bien, y los recorrió con una vela en una mano y en la otra un manojo de llaves enormes, encontrándolos precisamente en el mismo estado que en su última inspección.