Historia de dos ciudades

Historia de dos ciudades

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Pero, aunque continuaba en el edificio de los Tellsone y no había salido aún del coche, cuya presencia sentía vagamente como el dolor bajo el efecto del opio, no dejó de tener en toda la noche la impresión de que iba a París para desenterrar a un muerto y sacarlo del sepulcro.

Entre aquella multitud de caras lívidas que se alzaban en torno a él, ¿cuál era la del fantasma que iba a desenterrar? Las sombras de la noche no se lo indicaban. Todas aquellas caras eran las de un hombre de cuarenta y cinco años, y no se diferenciaban unas de otras más que por las pasiones que expresaban y el aire siniestro de sus facciones envejecidas y abrumadas. El orgullo, el desdén, la ira, el recelo, la tenacidad, la estupidez, la debilidad y la desesperación pasaban ante sus ojos uno tras otro, así como una variedad de mejillas huesudas, de tintes cadavéricos, de manos flacas y de esqueletos secos; pero en el fondo se veía siempre la misma figura, la misma cabeza prematuramente encanecida.

Por centésima vez dirigió nuestro viajero la siguiente pregunta al espectro:

—¿Cuántos años hace que estáis enterrado?

—Dieciocho —respondió el espectro que cien veces le había dado la misma respuesta.

—¿Habíais renunciado a la esperanza de volver al mundo?

—Hace mucho tiempo.


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