Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades Su voz expresaba tanto dolor que continuó vibrando en los oídos de Charles después de haber dejado de oírse; su mano seguía tendida hacia el joven suplicándole que callase.
—Perdonad —murmuró después de algunos minutos—; no dudo de vuestro amor hacia mi hija; creedlo, señor Darnay…
Y se volvió hacia él, pero, sin levantar la cabeza, se apoyó la frente en la mano, el rostro velado por sus canas.
—¿Le habéis hablado de vuestro amor? —preguntó.
—No, señor.
—¿Le habéis escrito?
—Nunca.
—Habéis obrado con tanta abnegación por consideración a su padre; sería poco generoso ignorarlo, y su padre os da las gracias.
Y al pronunciar estas palabras ofreció la mano al joven, sin apartar los ojos del techo.