Historia de dos ciudades
Historia de dos ciudades —No creáis —prosiguió Charles, a quien el tono dolido de estas palabras produjo el efecto de un reproche— que, si debiera pertenecerle algún dÃa, se me haya ocurrido nunca la idea de separaros de ella. Por otra parte, serÃa imposible, aun suponiendo que fuera lo bastante cruel para intentarlo. Pero no temáis —añadió, cogiéndole la mano—, no puedo pensar en algo asÃ. Arrojado como vos de Francia por sus locuras y miserias, pidiendo como vos al trabajo la subsistencia y confiando en un porvenir más feliz, no abrigo otra ambición que la de sentarme en vuestro hogar y seros fiel hasta la muerte. Lejos de pensar en arrebataros a vuestra hija, deseo participar de los cuidados que os prodiga, unirme a ella para aumentar vuestra ventura y estrechar los lazos que os unen, si esto fuera posible.
El padre de Lucie, después de responder a la presión de la mano del joven, levantó la cabeza por vez primera desde el principio de la conversación. Su rostro revelaba la lucha de su alma, y una tendencia manifiesta a expresar el terror y la duda, pero hizo por fin un esfuerzo y dijo con calma y dulzura:
—Gracias, Charles Darnay; vuestras palabras son dignas y cariñosas, y os voy a hablar también con franqueza. ¿Tenéis algún motivo para creer en el amor de Lucie?
—Ninguno hasta ahora.